“Papá, tenés una cana”. Ese abrazo revelador de mi hijo fue como un baldazo de realismo. He pasado los 40 y ya pinto canas; pocas, pero están. Ojo, me resisto a pasar por la góndola de las tinturas (hay muchachos que lo hacen para aparentar juventud). Asumo mi edad. He vivido intensamente, como también he derrochado tiempo. Todo suma; todo es experiencia. Mi hijo insiste con las canas; me lleva hacia el espejo y comienza a preguntar: ¿por qué las tenés? ¿Qué es la edad? ¿Por qué la mamá dice “parecés un niño” si sos más alto y más gordo que yo? Vaya ejercicio de realidad. Y ensayo respuestas: “hijo mío, somos niños por naturaleza (confieso que algo del niño que fui se fue cuando me faltó mi vieja); jóvenes por convicción (la clave es estar en estado beta, en aprendizaje continuo) y adultos circunstanciales (cuando tomamos decisiones o cuando nos enojamos)”. Pero, en esencia, la edad es relativa -salvo cuando vamos a jugar a la pelota y nos fallan más que las piernas-.
La edad no se sobrelleva; se la acepta. No es algo meramente matemático, que se suma año tras año. Más bien, me inclinaría por decir que es un cúmulo de experiencias que se enriquece con el cariño de la gente que nos rodea, la capacidad de sentirnos siempre jóvenes y nutrirnos, día a día, de las buenas vibras. La edad no es sólo la que figura en el DNI, sino en nuestro espíritu. No dudo que en este camino de la vida, siempre se nos interponen piedras; hay que sobreponerse. La edad no es un castigo; es una bendición que se alimenta de los afectos. Vuelvo a mirarme en el espejo. Y veo algunas arrugas; son el reflejo de que me he reído bastante a lo largo de los años. Y, si hay dudas, vale una reflexión de José Saramago: “tengo la edad en que las cosas se miran con más calma, pero con el interés de seguir creciendo. Tengo los años en que los sueños se empiezan a acariciar con los dedos, y las ilusiones se convierten en esperanza”.